La sociedad de la Axiacracia · Conclusión

Una sociedad a la que valga la pena pertenecer

La segunda pregunta indagaba qué mantiene en pie a una persona, y a un pueblo, cuando el trabajo ya no disciplina una vida. Esta conclusión reúne la respuesta, admite lo que sigue sin probarse y abre el camino hacia la cuestión del poder.

El Libro I terminaba dentro de una jornada laboral corriente, porque una economía nunca es más real que una mañana vivida en ella. Una sociedad merece la misma prueba, pero en el otro extremo del reloj. Ahora es la tarde: la hora a la que el salario solía soltar a la gente, cansada y contabilizada, con el día ya justificado por el hecho de haber sido vendido. En la sociedad que este libro ha descrito, la tarde de nadie llega justificada de antemano. El día tiene que haber significado algo por sí mismo, o no ha significado nada en absoluto. Esa es toda la dificultad, y todo el sentido.

Lo que sostuvo el tejido

La Introducción planteó la segunda pregunta y se negó a dejar que la respuesta económica ocupara su lugar. La Parte I siguió el hilo de la vida corriente: una persona legible para el Estado solo en el agregado, nunca como expediente; familias liberadas del miedo que antaño las organizaba, en un Estado que construye las condiciones para las generaciones y nunca se las ordena; el cuidado sacado de la invisibilidad y llevado al libro mayor, donde la década que una hija pasa junto a un padre que se apaga cuenta al fin como la contribución que siempre fue. La Parte II se volvió hacia la mente: el aprendizaje desenganchado de la empleabilidad y devuelto a su propósito más antiguo; la vida científica y cognitiva financiada como capacidad y no como producto; un común epistémico mantenido honesto mediante la anotación en lugar de la censura. La Parte III examinó el vínculo: la confianza como el eje que soporta la carga, la salud cívica como algo que se practica y no que se profesa, y la cultura bajo un eje de sentido que mide si los propósitos florecen sin presumir ni una sola vez de decir en qué deberían consistir. La Parte IV recorrió el filo: el libre pensamiento bajo un Estado que percibe, la disidencia y la pluralidad al abrigo de una zona deliberadamente dejada sin leer y, por último, el catálogo honesto de las maneras en que todo ello podría pudrirse, cada fallo emparejado con su defensa. Ninguno de esos capítulos necesita repetirse. Lo que sí necesita enunciarse es a qué suman.

Lo que mantiene en pie a un pueblo

Suman una respuesta cuádruple. Primero, un suelo que elimina el miedo. No la comodidad, no la abundancia: el miedo concreto, fisiológico, a caerse de una vida, que disciplinó los siglos industriales y a la vez los deformó. Quien no puede ser destruido por la desgracia se yergue de otro modo, negocia de otro modo y, como sabían los viejos moralistas, juzga de otro modo; al espectador imparcial de Adam Smith siempre fue más fácil consultarlo con el estómago lleno. Segundo, ejes que hacen visible la contribución invisible. El salario reconocía una banda estrecha de la utilidad humana y dejaba a oscuras todo lo demás, el cuidar, el enseñar, el reparar barrios y personas. Diez ejes ensanchan la abertura; el voto de ponderación entrega la abertura misma a quienes viven bajo su luz. Tercero, una vida cívica con algo real en juego. El voto, en este orden, no elige a un gestor cada pocos años; constituye el marco mismo del valor que el Estado equilibra, y por eso la apatía se trató en el capítulo anterior como una herida y no como un humor. Y cuarto, un interior dejado en libertad. El Estado percibe flujos, nunca almas; anota, nunca censura; corrige condiciones, nunca personas; y mantiene una zona de la vida permanentemente fuera de su propia vista, sobre la admisión permanente de que no conoce el Bien y de que nunca debe fingir lo contrario. Quítese cualquiera de los cuatro y la estructura se comba. El suelo sin los ejes engendra un pueblo alimentado y sin propósito; los ejes sin el voto engendran el catecismo de un gobernante; el voto sin el interior libre engendra una tiranía de los sinceros. Juntos son lo que el salario solía ser, sin el látigo que el salario era.

Lo que pide, y lo que se niega a pedir

Toda sociedad es un pacto, y esta es inusualmente explícita acerca de sus términos. Pide a sus miembros que comparezcan en la constitución del valor: votar pesos, impugnar las lecturas que crean falsas, atestar con honestidad, tolerar al vecino cuyo florecimiento adopta una forma que les desagrada. Les pide aceptar que lo no ganado no es suyo, que el techo obliga incluso a los admirables y que el marco corregirá a veces de maneras que les cuesten en lo personal. Pide, en suma, ciudadanía, en un sentido más antiguo y más pesado que el sentido pasaporte de la palabra.

Y se niega a pedir todo lo demás. No pregunta qué cree usted, y nunca lo comprueba. No le pide que esté agradecido; el dividendo es un derecho, no una bondad, y los derechos no se facturan. No le pide que sea productivo, ni mejorado, ni legible, ni siquiera razonable. No le pide a su familia que adopte forma alguna, ni a su aprendizaje que sirva a mercado alguno, ni a su palabra que supere más prueba que la que impone todo orden libre: la de no causar un daño demostrable. Sobre todo, se niega a hacer la pregunta que ningún orden perfeccionista, desde la república de Platón hasta el hombre nuevo fabricado, pudo evitar hacer: ¿en qué debería convertirse usted? El Estado que más percibe fue construido, deliberadamente y en cada capa, para ser el Estado que menos presume. Corrige el marco; no dirige su vida.

Un martes

Considere a una mujer de cincuenta y tres años, en una ciudad mediana, un martes cualquiera. Fue despachadora de logística hasta que los sistemas de rutas dejaron de necesitarla, lo que la asustó durante alrededor de un año, hace una década, y no la ha asustado desde entonces; el dividendo llega como llega el agua, sin comentario. Pasa la mañana con su padre, que está perdiendo las palabras. Es duro, y es suyo, y no es invisible: el cuidado que ella da queda registrado, en el agregado, como parte de lo que su sociedad cuenta como riqueza propia, y los servicios de respiro que lo hacen soportable existen porque el eje del cuidado hizo legible la carga antes de que la quebrara. Al mediodía enseña navegación astronómica en la casa de aprendizaje del barrio, una destreza de nula empleabilidad, a once personas que la quieren por once razones. Por la tarde camina hasta la sala cívica, porque la ronda de ponderación está abierta y ella tiene opiniones: cree que se está viviendo de las rentas del eje ecológico y lo dice, en acta, en la deliberación que alimentará el voto. Una anotación del Estado sobre una afirmación que compartió la semana pasada resultó ser acertada, lo que la irrita, y también lo dice. Al caer la tarde va donde el Estado no va: una trastienda, un proyecto, una compañía de amigos que hacen algo sin leer, sin puntuar y sin explicar, que puede ser un coro o una herejía o ambas cosas. Nadie lo preguntará jamás. Luego vuelve a casa pasando junto a las ventanas encendidas de gente a la que no conoce pero a la que no teme, lo cual es, si se comprime este libro entero en una sola línea, la forma visible de todo lo que ha argumentado.

Las apuestas abiertas y el camino hacia el poder

La honestidad al final, como siempre. Esta sociedad descansa sobre apuestas que todavía no puede probar. La más honda es el sentido: el diseño puede abolir el miedo, financiar la cultura, ensanchar el reconocimiento y despejar el terreno, pero no puede sintetizar una razón para vivir, y se juega entera a la creencia de que unas personas libres, sin miedo y mutuamente visibles cultivarán la suya. La segunda es la durabilidad de la contención: si la zona sin orientar y el interior libre pueden sobrevivir a generaciones de mayorías bienintencionadas y a sensores cada vez más capaces, una pregunta que la Carta responde sobre el papel y que solo el tiempo responde de hecho. La tercera la hereda del Libro I: que lo ganado y lo no ganado puedan de verdad mantenerse separados bajo presión. Estas apuestas están puestas a la vista, se prueban en la simulación antes de probarse sobre los vivos, y están guardadas por las defensas del capítulo anterior; pero una apuesta hecha con honestidad sigue siendo una apuesta, y el lector debería cerrar este libro sabiéndolo.

Queda una pregunta, y es la más antigua. Un suelo, un voto, una Carta, un interior dejado en libertad: todo ello presupone que el poder que percibe y equilibra está a su vez constituido, contenido y es removible, que el instrumento se alza sobre el pueblo y ninguna persona se alza sobre el instrumento. El Libro I reconstruyó la economía; este libro ha reconstruido el contrato social dentro del cual la economía se aloja. Lo que ninguno de los dos ha hecho todavía es mirar al Estado mismo a los ojos: quién ocupa el cargo, quién vigila a los vigilantes, cómo se concede, se divide, se audita y se retira el poder. Esa es la carga del tercer libro, El Estado de la Axiacracia.

He aquí, pues, la respuesta a la segunda pregunta, al final tan corta como la pregunta. Lo que mantiene en pie a un pueblo cuando el trabajo ya no lo hace es lo que lo sostenía antes de que el trabajo se inventara y bajo él desde siempre: importarse unos a otros, y ser libres. La sociedad descrita en estas páginas no crea ninguna de las dos cosas. Retira, uno a uno, los miedos, las cegueras y las presunciones que se han interpuesto en su camino y, después, lo más difícil de todo para cualquier Estado que se haya construido jamás, se detiene. Una sociedad a la que vale la pena pertenecer no es la que da una vida a sus miembros. Es la que por fin se aparta del camino de las vidas que ellos siempre trataron de vivir, y monta guardia en la puerta mientras las viven.

En la doctrina

El sustrato de valor sobre el que se apoya este libro se expone en Valor, y los límites inviolables en la Carta; el arco completo del argumento, de la ruptura a los problemas abiertos, recorre el Sistema, y el terreno económico que hay debajo es La economía de la Axiacracia.